SOSTENIBLE, ¿PERO QUÉ ESTAMOS SOSTENIENDO?
Tulum y las contradicciones del turismo
Se pronuncian palabras que, de tanto repetirse, acaban perdiendo su significado. Sostenibilidad es una de ellas. En la actualidad, las encontramos en discursos oficiales, campañas de promoción, hoteles y desarrollos turísticos que aseguran respetar el medio ambiente. Y son pocas las veces que nos detenemos a preguntar qué significa realmente esa promesa y, sobre todo, qué está sucediendo realmente en el territorio que pretende "sostenerse".
Hoy, Tulum, Quintana Roo, es un ejemplo tangible que merece observarse con mucha atención. Durante años se promocionaron de manera inigualable por sus playas, sus cenotes, su selva y su patrimonio maya. La belleza inigualable de su naturaleza, se convirtió en parte fundamental de su atractivo y en uno de los argumentos para vender experiencias turísticas cada vez más exclusivas.
Mas, sin embargo, cuando el crecimiento turístico entra en tensión con los recursos naturales y la vida de quienes habitan un lugar, la palabra sostenibilidad deja de ser suficiente.
Y aquí, surge la siguiente pregunta. ¿Podríamos llamar "sostenible" a un modelo turístico si las condiciones que lo hacen posible están siendo deterioradas por su propio crecimiento?

La naturaleza se convierte en argumento de venta
Tulum representa una inigualable contradicción que no podemos ignorar. Su atractivo turístico depende, en gran medida, de aquello que el territorio ofrece: agua, selva, cenotes, playas y una historia vinculada con la civilización maya.
Y hay que decirlo…una cosa es, detonar un desarrollo turístico que cuenta con un extenso patrimonio y otra muy distinta es convertirlo en una mercancía sin preguntarnos cuáles son los límites.
El crecimiento turístico e inmobiliario a modificado el territorio, incrementado la demanda de servicios, generando así, graves presiones sobre los ecosistemas. La problemática real, no consiste en que lleguen visitantes ni en que una comunidad encuentre oportunidades económicas mediante el turismo. El inconveniente aparece cuando el crecimiento se convierte en el objetivo principal y todo lo demás tiene que adaptarse a el turismo extractivo y sus exigencias.
Por lo consiguiente, la naturaleza deja de ser la esencia con la que deberíamos aprender a convivir y comienza a tratarse como un recurso disponible e infinito, para seguir expandiendo el "negocio turístico".
¿Qué significa ser realmente sostenible cuando el agua está en juego?
En Tulum, el agua merece una atención especial. Los cenotes y los sistemas subterráneos de la zona forman parte de un entorno natural del que dependen tanto los ecosistemas como las actividades humanas.
Y si, hay que preguntarnos… ¿Qué sucede con el agua cuando aumenta la construcción, cualquiera que esta sea?, ¿Cómo se manejan las aguas residuales, quien se hace responsable?, ¿Qué capacidad tiene la infraestructura para responder al crecimiento urbano y turístico?
¿Realmente es suficiente con que un hotel ahorre agua en sus habitaciones, utilice focos de bajo consumo o invite a sus huéspedes a reutilizar las toallas? ¿Enserio, eso es suficiente? Tal vez esas medidas pueden ayudar… pero no resuelven en lo más mínimo, por sí solas las complicaciones que genera el desarrollo de un destino.
La sostenibilidad no puede reducirse a las acciones individuales de cada establecimiento mientras se deja de lado el impacto acumulado del modelo turístico.
No podemos hablar seriamente de "sostenibilidad" sin preguntarnos antes si estamos conservando y preservando los escenarios que consienten la vida en el territorio.

El crecimiento turístico no siempre equivale a bienestar
El desarrollo turístico tendría que presentarse como una oportunidad real para generar: empleo local y dinamizar las economías locales, entre otros. ¡Y claro que puede provocar esos beneficios!
Pero a continuación surge aquí una pregunta muy incómoda que no deberíamos dejar fuera: ¿cómo o quienes se distribuyen esos beneficios y quién asume los costos?
La llegada de nuevas inversiones puede generar "empleos" y "oportunidades comerciales", pero también en automático, surge lo contrario, el aumento de la presión sobre el suelo, la vivienda y los servicios públicos. Una economía turística puede crecer sin que todos sus habitantes mejoren en la misma igualdad.
Por ello, no basta con contar visitantes, anunciar inversiones o calcular la derrama económica. También debemos prestar atención y observar qué sucede con la población local que vive en el destino, con sus actividades cotidianas y con su capacidad para seguir habitando el territorio en condiciones dignas.
El sargazo, por ejemplo, también pone a prueba el modelo turístico de los destinos del Caribe. Cuando llega a las playas, afecta no solo los paisajes, genera gastos de limpieza y puede afectar a negocios que dependen de las condiciones de la costa.
Pero, además, el problema no debería limitarse a cómo mantener las playas visualmente atractivas para los visitantes. También atañe cómo se gestiona el sargazo, qué impactos crea su acumulación y qué capacidad existe para responder sin trasladar los costos a las comunidades.

Sostenibilidad: ¿mantener qué y para quién?
Y aquí está el fondo.
Cuando conversamos de sostenibilidad, ¿nos referimos a mantener el crecimiento de la actividad turística?, ¿A conservar la rentabilidad de los negocios?, ¿A garantizar que el destino continúe recibiendo visitantes? ¿O a mantener las condiciones ambientales, sociales y culturales que hacen posible el territorio vivo de una comunidad? No son necesariamente objetivos incompatibles, pero tampoco son equivalentes. Y cuando entran en conflicto, es necesario decidir qué debe tener prioridad.
Si la intención es defender el crecimiento turístico sin modificar las prácticas extractivas que generan deterioro, la sostenibilidad corre el riesgo de convertirse en un instrumento para prolongar el mismo modelo con algunos ajustes o clichés.
Se mejora la imagen, se incorporan tecnologías, se promueven "buenas prácticas" y se comunica un compromiso ambiental. Sin embargo, las interrogaciones fundamentales permanecen sin respuesta: ¿cuánto puede crecer un destino y a costo de qué?, ¿qué recursos tiene disponibles?, ¿qué límites deben respetarse?, ¿quién decide esos límites y quién vigila que se cumplan?
No se trata o se pretende rechazar cualquier crecimiento, ni de asumir que toda actividad turística es extractiva. Mas bien, se trata de reconocer que los territorios poseen límites ecológicos y sociales, y que ignorarlos no hace desaparecer sus consecuencias.
Sostener una actividad turística extractiva, no puede convertirse en una prioridad económica y superior para sostener la vida de quien la hace posible.

¿Y si dejamos de pensar solamente en sostener?
Desde mi perspectiva, el turismo regenerativo plantea una reflexión que va más allá de reducir impactos o hacer menos daño. Nos invita a revisar la relación que hemos construido con los territorios y a preguntarnos qué podemos hacer para contribuir a mejorarla.
No hablo de crear una nueva etiqueta para vender habitaciones, recorridos o experiencias. Tampoco de afirmar que un proyecto es regenerativo porque planta árboles, utiliza materiales naturales o incorpora productos locales en su oferta.
El tema es más profundo: requerimos comprender qué ha perdido el territorio, qué relaciones se han debilitado y qué acciones pueden contribuir a recuperar capacidades ecológicas, sociales, culturales y económicas.
En un destino como Tulum, eso exige considerar la protección del agua y los ecosistemas, el manejo de los residuos, el crecimiento urbano y la relación entre las inversiones y las comunidades.
No todo depende de los turistas, ni de los hoteles, ni de una oficina gubernamental. La transformación requiere responsabilidades compartidas, pero también decisiones concretas de quienes planifican, autorizan, invierten y desarrollan la actividad turística.
Y aquí conviene aclarar algo: regenerar no significa abandonar la sostenibilidad, sino cuestionar si limitarse a sostener las condiciones actuales es suficiente cuando esas condiciones ya muestran dificultades que necesitan resolverse.

¿Cómo sabremos si realmente estamos avanzando?
Si pretendemos que la sostenibilidad y la regeneración dejen de ser solo afirmaciones o clichés, requerimos evaluar resultados precisos.
En Tulum, eso significa preguntarnos si se protege el agua, si se manejan adecuadamente las aguas residuales, si disminuyen los residuos, si se conserva la selva y si el crecimiento turístico respeta las condiciones del territorio vivo.
También debemos prestar atención a quién se beneficia económicamente, qué ocurre con el costo de la vivienda, qué oportunidades tienen los habitantes locales y qué participación tienen las comunidades en las decisiones que afectan su futuro.
Dejemos de engañarnos, no es suficiente con que un establecimiento coloque un "distintivo ambiental" o afirme que trabaja de manera "responsable". Habría que observar sus prácticas y sus efectos. Tampoco basta con que un destino anuncie una "estrategia": es necesario saber qué ha cambiado y qué problemas continúan sin resolverse.
La regeneración exige algo más que buenas intenciones. Requiere objetivos claros, seguimiento y evidencias de que las acciones contribuyen a mejorar el territorio.
Tulum no es solamente Tulum
Lo que sucede actualmente en Tulum debería interesarnos incluso si nunca hemos visitado ese destino.
Este caso en particular, nos permite reflexionar sobre una pregunta que podemos trasladar a cualquier municipio, comunidad o región que apuesta por el turismo: ¿estamos construyendo una actividad turística que fortalece el territorio o estamos consumiendo aquello que lo hace atractivo?
Esta pregunta vale para los destinos de playa, las comunidades rurales, los pueblos originarios, las áreas naturales, los centros históricos y los lugares que promocionan su gastronomía y sus tradiciones.
No deberíamos seguir permitiendo el continuar separando el turismo de las condiciones ambientales, culturales y sociales que lo rodean. Tampoco debemos continuar confundiendo una campaña de promoción con una estrategia de desarrollo, ni asumir que el crecimiento de la actividad turística garantiza, por sí misma, el bienestar colectivo.
Después de más de treinta años de acercarme al turismo desde distintos espacios, sigo creyendo que necesitamos mirar más allá de lo que se vende y de lo que se muestra. Necesitamos observar lo que sucede en el territorio, escuchar a quienes lo habitan y preguntarnos qué consecuencias tienen nuestras decisiones.
Estoy convencido, de que el verdadero desafío no consiste únicamente en lograr que un destino siga marchando como negocio turístico.
Consiste en evitar que, por mantener ese negocio, terminemos deteriorando las condiciones naturales y sociales que le dieron origen.
Sostenible, ¿pero qué estamos sosteniendo?
Quizás sea momento de dejar de utilizar la palabra como una respuesta automática y comenzar a tratarla como una pregunta que exige evidencias, responsabilidades y cambios reales.
Un territorio no existe para sostener al turismo. El turismo es una actividad que debe aprender a formar parte del territorio sin comprometer su futuro.
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