Entre vino, queso y residuos: lo que no se ve en los festivales gastronómicos

15.03.2026

Durante abril de 2026, el Estado de México será sede de dos eventos relevantes: el Festival Arte, Queso y Vino en Cuautitlán Izcalli (10 al 12 de abril) y el Festival Cultural del Vino y el Queso en el Parque Naucalli (17 al 19 de abril).

Ambos encuentros proponen una oferta atractiva: entrada accesible, degustaciones, productos gourmet, música en vivo y una experiencia pensada para el visitante urbano de la zona metropolitana.

El discurso es claro: promover la cultura del vino, el consumo local y generar espacios de encuentro entre gastronomía, arte y entretenimiento.

 Pero vale la pena ir más allá del discurso.

El consumo como eje central de la experiencia.
El consumo como eje central de la experiencia.

Porque cuando hablamos de vino, queso y productos gourmet, también hablamos de territorio, de producción, de origen y de quienes están detrás de esos procesos.

Y ahí surge una primera pregunta: ¿Qué tanto estos eventos conectan realmente con el territorio que dicen representar?

Si bien promueven productos artesanales y generan movimiento económico, la experiencia está diseñada principalmente desde el consumo: probar, recorrer, disfrutar.

No necesariamente desde la comprensión.

Se presenta el producto final, pero pocas veces se profundiza en:

  • los procesos de producción
  • las condiciones del campo
  • el papel de los productores
  • o la relación real con el territorio

Además, hay un elemento que no se puede ignorar.

Quienes hemos asistido a este tipo de eventos lo hemos visto:

  • grandes volúmenes de residuos
  • uso intensivo de agua y energía
  • materiales desechables
  • y poca o nula gestión visible de estos impactos

Se invita a consumir, pero no necesariamente a ser conscientes.

Y entonces surge otra pregunta igual de importante:

¿Dónde queda todo lo que no se ve al terminar el evento?

¿Dónde queda todo lo que no se ve al terminar el evento?

Lo que queda fuera del discurso.
Lo que queda fuera del discurso.

Porque hablar de cultura y territorio también implica hablar de responsabilidad.

Y en estos espacios, rara vez se plantea:

  • una gestión clara de residuos
  • un enfoque de cero emisiones
  • o una experiencia que eduque al visitante sobre su impacto

Esto no invalida los festivales.

Pero sí evidencia una contradicción: se promueve lo local… desde una lógica que muchas veces no es sostenible, y mucho menos regenerativa.

Además, estos eventos se desarrollan en espacios urbanos y accesibles principalmente para un perfil específico de público. La experiencia, aunque abierta, no siempre es incluyente para todos los sectores, y difícilmente acerca a quienes verdaderamente forman parte de la cadena productiva.

Y entonces la conversación cambia.

No se trata de cuestionar la existencia de estos espacios, sino de entender qué tipo de turismo están construyendo.

Un turismo que:

  • concentra la experiencia en el producto
  • prioriza la estética sobre el proceso
  • y genera encuentros momentáneos, no vínculos duraderos 
El territorio que pocas veces se muestra.
El territorio que pocas veces se muestra.

Frente a esto, vale la pena abrir otra posibilidad.

Un turismo donde el vino no solo se deguste, sino se entienda.
Donde el queso no solo se consuma, sino se conozca su origen.
Donde el territorio no sea escenario, sino protagonista.
Y donde el impacto también sea parte de la conversación.

Porque no es lo mismo asistir a un festival…
que comprender lo que hay detrás de él.

¿Estamos promoviendo cultura…
o estamos consumiendo su representación sin asumir sus consecuencias?

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